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jueves, 15 de junio de 2017

Entre enseñar y adoctrinar

«A un maestro le concierne la eternidad, no puede decir dónde se detiene su influencia. De un maestro se espera que enseñe la verdad, y tal vez se haga ilusiones de hacerlo si se queda en el alfabeto o la tabla de multiplicar, como una madre enseña la verdad al hacer que su hijo coma con una cuchara; pero la moral es una verdad muy distinta y la filosofía es aún más compleja […] Un maestro […] hace de sus alumnos sacerdotes o ateos, plutócratas o socialistas, jueces o anarquistas, casi a pesar de sí mismo» (p. 320). La educación, Henry Adams, 1907.


Asumir la responsabilidad de influir a los alumnos es parte del ejercicio de la docencia, algo que singulariza, particulariza la aportación propia del profesor, como docente y como persona. La práctica docente no se limita a la asimilación de contenidos, a la elaboración de teorías, sino que es un hecho que requiere de un encuentro decisivo en la conformación del alumno en tanto que individuo.

La responsabilidad ética del profesor es parte esencial de la auténtica autoridad de éste, lo que le aproxima y da ventaja en la forma de aportar a los alumnos algo que trasciende y que también subyace a la transmisión de conocimientos. 
La responsabilidad identitaria coge especial importancia cuando el profesor a través de su saber hacer, de su forma de ser y entender el mundo, disipa tendencias perniciosas en los alumnos, les inculca hábitos, buenas costumbres, el valor de la lealtad, el merecido tributo a la verdad, lo que conjugado con la confianza en la figura que encarna el profesor, suponen un refuerzo en la identidad del alumnado que marcará su evolución y conformación como persona responsable y honrada.

Los límites son parte de la autoridad en el sentido de que ningún profesor puede ejercer influencia que aleje al alumno del referente de su familia, de sus valores e ideales.

La verdad es una interpretación de la realidad propia de personas que reúnen valores universales, especialmente el de la lealtad, la honestidad, la conducta honrada, así como el aprecio por el semejante, muy especialmente de su dignidad. 

El hecho de asumir que toda identidad es parte de la verdad puede llevar a conductas extremas, en la medida en que la identidad que proyecta la forma de asimilar la verdad lleve camuflados consigo valores, adoctrinamiento, que no coinciden con el aprecio y el respeto al ser humano. 

Es cierto que en un centro educativo, la identidad, el ideario, la misión y visión, debería suponer la preservación de valores universales que se reflejan en el servicio a la verdad. 

El alumno que aprende estos valores, se identificará de forma progresiva con sus convicciones, con el respeto, la tolerancia y la capacidad de raciocinio que le acercará a sus semejantes, lo que hará de él un buscador de la verdad como vía de plenitud de su existencia y realización personal. 

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