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martes, 18 de abril de 2017

Porque una Institución de enseñanza no es una fábrica de alfileres

En el siglo XVIII un notable economista llamado Adam Smith se puso a observar el funcionamiento de un fábrica de alfileres situada en Kirkaldy, al norte de Edimburgo. Al dividir la producción de los mismos en procesos, fruto de la división de la producción en tareas más sencillas, se obtuvieron unos resultados positivos que se tradujeron en un aumento exponencial de la producción final de alfileres.
Los grandes inconvenientes de esta forma de entender la productividad no tardaron en manifestarse, los empleados repetían infinitas veces las mismas tareas, condicionados por un proceso simplificado pero carente de creatividad alguna, donde la calidad y cantidad del producto venía marcada por la total ausencia de identificación del resultado con el proceso de conformación del producto. A esto se le conoce como alienación, según la terminología marxista, hoy se prefiere utilizar el concepto del síndrome del "burned out".

Los procesos de calidad que se aplican en muchos Centros educativos de la actualidad suponen un trastorno en la auténtica profesionalización del profesorado. No se trata de procesos que trasciendan la visión burocrática de la enseñanza, de hecho, restan capacidad de actuación del profesor, que se siente imbuido en procesos alejados de la realidad docente, concretamente de los procesos de evaluación y enseñanza de sus alumnos. De hecho, se constata que los centros  que mejor funcionan son los que no han cedido a las presiones de poner una placa en la puerta que podría llevar a los padres a dejarse llevar por un eufemismo que en realidad delimita la enseñanza.
Las cadenas de mando que se generan a nivel interno son de una esclerosis institucional digna de tratamiento, la burocracia da lugar a puestos que no contribuyen a la eficiencia y eficacia de una institución clave en la aportación de ideas y aplicación de procesos efectivos. El profesor no es un recurso humano, sino un humano con recursos que hay que saber integrar.
Es imposible gestionar con eficiencia una institución burocratizada, a no ser que ésta sirva para que a partir de una sucesión infinita de informes se justifiquen las labores de control que generan una maraña de autojustificaciones vacías de contenido y funcionalidad.
Sin duda, esto no es más que reflejo del abandono de la generación de un auténtico valor añadido por parte del profesor, que se abandona  a la eterna justificación del onmipresente control burocrático, encarnado peligrosamente en cargos intermedios que se justifican a sí mismos creando espejismos que no incluyen mejoras reales.
Es importante destacar que hay instituciones de enseñanza de prestigio que no han cedido a la adopción de la omniburocracia, los resultados están a la vista, nadie cuestiona a los profesores ni mucho menos el alcance de su contribución.
Quizás algún día la forma de ver la calidad trascienda lo que a todas luces no es una fábrica de alfileres.

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