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viernes, 23 de septiembre de 2016

La educación desordenada

Hace un par de días asistí a una reunión convocada por el centro educativo donde mi hijo cursa sus estudios. El inicio del curso académico es un momento delicado que requiere de la implicación activa de los padres, pues cada año lleva consigo tener en cuenta determinados aspectos que conviene ser remarcados por los profesores a modo de guía de lo que se entiende debería ser reforzado por los padres.

Las peticiones de un número no muy significativo aunque reivindicativo de los padres era la de limitar el material de sus hijos, cuadernos y libros de textos, aduciendo que el paso a la era digital, mas avanzada supone que llevar el peso de los libros a la espalda es algo desfasado, anacrónico con los tiempos que vivimos. Otra de las peticiones era la de que los alumnos pudieran llevarse los exámenes a casa, para ser revisados con los padres, en compensación con la ausencia de los mismos en las aulas. Otras peticiones era extinguir la carga de los deberes por las tardes y fines de semana, así como evitar la utilización colectiva del material escolar, pues quien hace la inversión de 30 euros anuales no debería verse obligado a compartir el material con los demás escolares.

Mientras observaba en la reunión a los padres, la reacción de los profesores, sentí que el profesor ya no es una apoderado de la educación, sino un elemento más al servicio de una sociedad poco coherente con la realidad que va mas allá del sector educativo.

Los padres consideran al profesor un colaborador de la educación de sus hijos, remarcando que los padres reciben un servicio del que tienen derecho a sentirse satisfechos, convencidos. La confianza antaño depositada en el docente ha quedado relegada a un segundo plano, rozando la mas pura extinción, o al menos al comienzo de un proceso de reversión que influirá indudablemente en el rendimiento de sus hijos.

No hace tanto tiempo que  el padre o madre reconocía los logros del docente, sabía delegar en los procesos de aprendizaje, reforzar a través de una autoridad doméstica, educacional o emocional que  no se delegaba en nadie, pues se ejercía con orgullo por el mero hecho de ser padres.

La sociedad consiente un intervencionismo de corte reivindicativo de los padres en la esfera educativa que no está correspondido con el prestigio del mismo, pues en la medida en que desconfíe o se desautorice al profesor con semejantes peticiones, el rendimiento de sus hijos podrá verse afectado irremediablemente.

El sector educativo vive en un constante desafío, la edulcoración del aprendizaje lleva a desengañar a otros padres que se sienten preocupados cuando visualizan reuniones en  las que al profesor se le limita en sus funciones.

Esperemos que con el paso de los años la desconfianza de los padres tan reivindicativos no se torne en un debilitamiento de los procesos de aprendizaje que afectan a nuestros hijos y que el docente se mantenga en su papel primordial de favorecer los aspectos académicos dejando al margen otras áreas que sí que corresponden a los padres como son la educación emocional y el buen proceder ante la vida de sus descendientes.

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