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jueves, 21 de julio de 2016

Sobre la Verdad, la Consciencia y la Dicha

La idealización encubierta lleva consigo una tergiversación constante de la realidad que conduce a situaciones claramente alienantes del Ser. La seducción de la mentira lleva consigo a una existencia primitiva donde el gozo no se expande, se contrae y la luz hace por extinguirse hasta que disminuye la capacidad de realización, la vocación constante, la sensación de disfrutar de la vida y del ser que se vuelve agonizante, destructible y desamparado: la existencia se vuelve en un fracaso donde predomina lo exasperante y las conductas que no son responsables.
El ser necesita gozar de la realidad, sin que esta de lugar a tergiversaciones ni obsesiones. La implicación del ser en la realidad es parte de la existencia, donde no se magnifica nada, ni se comulga con convicciones ajenas, si no que se realza el éxito de gozar de una experiencia de existencia plena que no lleva a verse nunca ni cuestionado ni idealizado a partir de patrones ajenos.
La liberación que pretende calmar la Mente y dotarla de serenidad es la consciencia, la consciencia es primordial, es protagonista de la autentica identidad que no recluye el propósito del ser sino que lo libera, frenando el vacío y potenciando su expansión en todos los sentidos. La consciencia lleva a la comprensión, a la liberación de pautas de comportamiento y actitudes toxicas que distorsionan el proceder de los que se sienten avergonzados fruto de la idealización de la realidad.
La prioridad del ser es la de acabar con todo malentendido, exceso de protagonismo o actos de comportamiento disminuido que protagonizan quienes no gozan de la plenitud del Ser.

Es en este sentido es prioritario avanzar hacia la dicha, con la profundidad que eso implica, pues es fruto de un proceso elaborado, de abandono del pasado sin menoscabo de lo que se da por aprendido. La dicha es el resultado del equilibrio, donde el protagonismo egoico se ve disminuido ante una visión autentica no idealizada de la realidad, si no a una plenitud vital que recuerda a la satisfacción y bondad que siente un niño al verse querido y aceptado, en conexión con lo divino.

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